martes, 24 de septiembre de 2019

Han pasado 428 años...

...desde el día 24 de septiembre de 1591.



                                                                                        Capítulo XII
Martes a veynte y quatro de Setiembre del año del Señor de mil y quinientos y noventa y uno.

«La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres.»
Miguel de Cervantes


En sus turbias aguas flotan muertos en invierno, en primavera clarean y en verano languidecen. A su vera las gentes son dichosas, aunque lo blasfemen cuando anega sus huertas. Es ser de bravatas, de almadieros ahogados, de plebeyos que parecen imitar al torrente: osados a favor, mansos en contra. El Iber, el río de los iberos y de sus herederos, que hasta hoy presumen de nobleza y arrestos ante otro Imperio, y se envalentonan y pierden composturas; pues no se sabe cuándo y porqué se desbocan, pero se desbocan.
            A la vez que nace el sol por Los Monegros resuenan por las calles empedradas los resoplos y relinchos de la caballería, la manda el gobernador Cerdán. Son jinetes soberbios que miran los tejados y  los fondones, escrutando el recorrido que llevará a Pérez y Mayorini hasta la cárcel de la Inquisición; les siguen soldados a pie, hombres de los consistorios y algunos otros de los señores,  los emplazan de retén en plazuelas, entronques, y en las puertas de la ciudad, pues a don Ramón Cerdán de Escatrón se le ocurrió conservarlas  cerradas, así es su celo por cumplir las órdenes que llegan de Madrid para impedir que los sediciosos reciban socorro. El Gobernador es militar novato, fue elección del difunto marqués de Almenara ante la sugerencia del Concejo, y la recomendación de su hermano el Zalmedina; también debe el cargo a sus méritos: la sumisión, la ordinariez y el hambre de dineros; atributos forzosos para medrar en los negocios de la Corte. Juró el cargo en junio con su mentor cadáver, si bien ocupaba las funciones desde que falleció a finales del pasado año don Juan de Gurrea, el anterior gobernador, aquel sí que era hombre cruel y pudiente, al que el pueblo temía; Cerdán no le iguala ni en fortuna ni en brutalidad, tampoco en astucia, pero el caballero piensa que todo llegará. 
Algunos próceres califican de ocurrencia esa de cerrar las puertas en tiempo de vendimia, cuando los falcinos se afilan, cuando los banastos sirven de rodela, cuando perder un día es un día más de riesgo de perder la cosecha. “Qué barbaridad…” protestan los amos; “¡Me cago en sus muertos…!” dicen los braceros. Se siente la zozobra desde la tres de la mañana, entonces las cuadrillas que marchaban a las viñas del monasterio de Santa Fe plantaron cara a los guardias de los portones, y no les quedó remedio que recular ante los arcabuces y callar. Son cientos los soldados por las calles, y otros tantos formados en la plaza del Mercado, y caballos al trote de aquí para allá despertando a los oficios, y el gobernador Cerdán dando órdenes a voz en grito, increpando a mirones, cimbreando la espada, exigiendo a los soldados que maten al primero que exclame la palabra maldita. Y así acontece que al hacerse el día un chaval de ocho o diez años asoma por un ventano en la parte alta del mercado, husmeando el paso de los rocines, y se le ocurre repetir el lema censurado, mentar la palabra odiada por el tirano, el embrujo que agita al vulgo, un: ¡VIVA LA LIBERTAD! como nunca antes se había dicho, que retumba entre los chuzos y arcabuces con su voz aflautada, vigorosa, lírica. Un instante después, como conclusión de un ¡Pannnggg…! seco y terrible, se apaga para siempre. Pocos contemplan al soldado bajando el arcabuz y dando baqueta para limpiar el ánima, solo un compadre mira su parsimonia cuando al fondo se escuchan los lloros de una madre.
— ¡Le has dado en la cabeza…!

—Tengo buena puntería… espero que se enteré el Gobernador.
—Espero que no lo lamentemos… has matado a un crío de San Pablo. 




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