sábado, 10 de febrero de 2024

El pensamiento de Julio Andrade Cola

El pasado día 8 de febrero se cumplió el cuarto aniversario del fallecimiento de Julio Andrade Cola (1928-2020) es por ello que releo sus escritos, en especial el libro titulado “El psiquismo humano origen del Derecho, 1976”, una revisión esquemática y a la vez intensa de la historia del pensamiento, en realidad un compendio personal sobre la existencia y el ser, sobre el conocimiento y la razón; donde repasa los autores que contribuyeron a edificar los tiempos que nos tocó vivir.


“El psiquismo humano origen del Derecho” es una obra filosófica, entiéndase, no es la creación de una hipótesis nueva, es más bien la construcción de un puzzle que refleja una idea a la conclusión. Contrasta su lectura con la carencia absoluta de cualquier concepto filosófico en la actualidad, cuando la filosofía es la amnistía a Puigdemont, la agenda 2030 o Greta Thunberg. Por desgracia la filosofía pasó de moda, la olvidaron unos y otros, se arrinconó a meros estudios del lenguaje y del comportamiento, a la autoayuda, a la meditación, a los misterios de la antigua Grecia.

 El escrito de Julio Andrade sigue siendo coherente -las ansias de conocimiento siempre son coherentes-, es obvio que no comparten ese axioma las redes mediáticas de opinión, y menos la clase dirigente, por lo general inculta y sin escrúpulos (aun sobrada de títulos universitarios) que pretende escribir el relato de lo que pasó y de lo que tenemos que pensar.

 La psique, el alma, el “Ghost in the Shell”, la consciencia, la conciencia, llámese como se quiera llamar, es el origen de todos los conceptos que nos hacen humanos, entre ellos el Derecho, las leyes que rigen las sociedades de los monos sin pelo, pues sin su invento no sería posible la civilización, la humanidad se hubiera auto-extinguido en el neolítico.

 Quiero destacar, por su actualidad en la política española, uno de los capítulos de la obra de Julio, el referido a “La Ilustración”, la época de Helvecio, Voltaire, Turgot, Condorcet, Montesquieu, Rousseau, cuando la palabra libertad tomó fuerza, y con ella la noción de separación de poderes, de gobierno constitucional, de soberanía de la razón, de igualdad, de tolerancia, de progreso. Ocurrió hace más de 200 años y queramos o no, aquellos hombres y sus ideas siguen influyendo en nosotros.   


En vez de leer mis toscas palabras, lee las de Julio, es el mejor homenaje a un filósofo autodidacta, a una persona excepcional que sin duda contribuyó al avance del pensamiento. Este es su legado. 


EL PSIQUISMO HUMANO ORIGEN DEL DERECHO 

(Julio Andrade Cola, 1976)

 Capitulo VII

 

L A   I L U S T R A C I O N

 Introducción

 

A mediados del siglo XVIII se inicia una corriente de pensamien­to en la que se mezclan o convergen teorías racionalistas y empíricas cuyo origen remoto es el propio Renacimiento, y cuya idea fundamental (o bandera) es la libertad. Este conjunto de teorías es conocido con el nombre de Ilustración.

La libertad había sido constreñida por la Iglesia y por el Estado que, basándose en el derecho romano, había llevado el cesarismo, o absolutismo, a sus más altas cotas.

El sentimiento de libertad que se abre paso en la sociedad, va a llevar al pensamiento desde su oposición a la doctrina de la Iglesia, hasta la lucha por la libertad del ciudadano.

La igualdad teórica que había predicado el cristianismo se va a convertir en igualdad ante el Estado.

Su filosofía se basará en las leyes de la razón, adquiridas por la experiencia, y se desplegará con una fuerza insuperable en todos los campos del pensamiento, atacando a la filosofía tradicional, que terminará arrinconada en sus últimas trincheras donde, al decir de algunos, perdió su última batalla, a despecho de algunos movimientos reaccionarios.

El derrumbamiento de las ideas que informaban el antiguo régimen hace perder privilegios a las clases sociales que los detentaban (por supuesto que su extinción no fue inmediata y en algunos lugares llegaron hasta nuestros días).

El movimiento ilustrado tuvo que soportar una propaganda adversa por parte de la clase conservadora y clerical (que también ha perdurado hasta hoy) a causa de su oposición al dogma y a los excesos del Terror, que fue considerado producto de sus teorías. Claro que el terror blanco provocado por la reacción se ocultó pudorosamente.

Pese a las críticas que se le hacen, los logros de la Ilustra­ción no han sido alcanzados por ningún otro movimiento, o revolución ideológica.

La ciencia, abandonando el temor al anatema dogmático, inicia su andadura (más que reemprenderla) basándose en la idea crítica de la razón; desplegando todo su poder en las etapas posteriores, la del maquinismo y la industrial (en la que nos encontramos).

Pero el mayor logro de este movimiento es el desarrollo de las teorías que protegen al hombre contra la arbitrariedad del poder, estableciendo prácticamente los llamados derechos del hombre que poco a poco, y con algunos retrocesos, se abren paso en el sentir general humano.

El poder absolutista se sintió amenazado en toda Europa y su reacción fue tremenda, culminando en el Congreso de Viena que trató de cortar de raíz todo el movimiento revolucionario en cualquier país del continente.

La Iglesia anatematizó los postulados de la Ilustración y se alió con los poderes absolutistas contra el movimiento liberal y creyó encontrar, como antes en Trento contra la Reforma, su definición ideológica en el concilio Vaticano I que expresó unas teorías profundamente retrógradas (quizás de las mayores de la historia de esta institución).

Pese a estas formidables fuerzas de oposición, las ideas revolucionarias habían calado tan hondo en el sentir popular que al final se impusieron en los estados modernos.

En los países protestantes las ideas de la Ilustración pudieron ser digeridas con mayor facilidad, las domeñó y les quitó la virulencia antidogmática que tenían. En los países católicos la Iglesia impuso la íntima unión de Iglesia con el Estado (la teoría de separación de Iglesia y Estado fue considerada herética). Pero a la larga y con mayores dificultades las teorías de la ilustración también se impusieron.

El movimiento tuvo su máximo exponente en Francia que con formidables filósofos y literatos llevó a cabo una ingente obra de concienciación que cristalizó en la célebre Enciclopedia; los hombres más conocidos (y polémicos) son: Helvecio, Voltaire, Turgot, Condorcet, Montesquieu, Rousseau, etc. Sin embargo, sólo estudiaremos los que consideramos más importantes para nuestro trabajo.

En este movimiento se distinguen, principalmente, dos corrientes; la representada por Montesquieu que aboga por la separación de los poderes del Estado y representación popular, y la sostenida por Rousseau basada en la soberanía inalienable de la nación.

La realización práctica de la Ilustración fue la Constitución francesa de 1. 791, que sirvió de punto de referencia a gran parte de los países que más tarde transformarían su organización absolutista, en constitucional.

 

CLAUDIO HELVECIO (1715-1771)

Mantiene (como Hobbes) que el mundo moral no es otra cosa que una manifestación del egoísmo, y una simple “física de las costumbres"; es decir, una rama de las ciencias naturales que intenta proporcionar la mayor felicidad al individuo.

Por tanto, la legislación debía contener la verdadera moral, que se encuentra en las ciencias naturales. Legislación que debía tender a que el individuo tenga más interés en cumplir las leyes que en infringirlas, por el provecho que resulta de su observancia. Si el individuo considera que es mejor la infracción de una ley que su cumplimiento, es que dicha ley no está bien hecha (por no ajustarse al interés del individuo).

Lo cual parece evidente. Si al individuo le resulta más ventajoso evadir impuestos, no hay duda que la ley que reprime ese delito no está bien hecha.

Esta ley natural, que es la de proporcionarse provecho no sólo el individuo, sino la sociedad, debe inducir al legislador a que las leyes sancionen con penas la vulneración de este interés, y con premios su cumplimiento.

 

 

CARLOS LUIS DE SECONDAT, BARON DE MONTESQUIEU (1689-1755)

Defiende la idea de que las leyes, en general, tienen como fundamento la propia naturaleza de las cosas, y son su relación.  Esta relación cuando se establece de forma conveniente entre dos cosas, es la justicia, que preside la razón. Postura inequívocamente de racionalismo empírico.

Considera que la seguridad buscada por el hombre, que él llama "tranquilidad" o "reposo", no debe estar basada en el temor, pues esto constituye el fundamento del despotismo; siendo así aunque el pueblo crea que ese sacrificio de sus libertades es beneficioso, pues un gobierno despótico mantiene a todo trance una especial tranquilidad, que Montesquieu llama "paz de las ciudades a punto de ser ocupadas por el enemigo" y que más brevemente se conoce como "la paz de los sepulcros".

Identifica a la monarquía con el privilegio y el honor (en el sentido de "honores"), por lo que de ello se deduce la jerarquía en que se articula.

La democracia es el gobierno en el que el pueblo es súbdito y monarca ejerciéndose mediante la república, cuya virtud principal es el amor a la patria, entendido como amor a la igualdad, no en sentido cristiano, sino cívico.

El gobierno aristocrático es una mezcla de los dos anteriores, porque es ejercido por una parte del pueblo, aunque la clase rectora mantiene un resto de privilegios.

Montesquieu siente gran admiración por las repúblicas de Holanda y Suiza, donde, según él, existe la libertad, que define como la posibilidad de "hacer lo que se debe querer y no hacer lo que no se debe querer".

También son ideas suyas, la del ejercicio del poder del pueblo mediante representación, y abolición de la esclavitud, precisamente en oposición a Bossuet y demás teólogos, que la aprobaban. Siendo curioso (y falaz) que en un tratado de Derecho Natural escrito por un religioso se transcribe un párrafo del "Esprit des lois" (XV. 5) para sostener que Montesquieu defendía la esclavitud, cuando es un ataque despiadado, aunque irónico, a dicha institución (Es el párrafo en el que ironiza sobre los negros que deben ser esclavos porque son chatos y feos).

En religión es tolerante.

En derecho penal reclama la dulcificación de penas y la abolición del tormento. Considera que la libertad es imposible sin la igualdad, no sólo política, sino económica, que puede alcanzarse mediante la búsqueda del término medio entre lo necesario, lo útil y lo superfluo, debiendo gravar a éste con más fuerza y quedar exento de impuesto lo útil. Rechaza la caridad como medio de socorrer a los necesitados, viejos e impedidos, cuyo cuidado debe correr a cargo del Estado y no dependa de la problemática limosna (antecedente de la seguridad social).

Podría parecer que Montesquieu acepta el Derecho Natural a causa de su definición de la justicia y la ley, así como en sus referencias a la libertad e igualdad en la lucha contra el despotismo; pero se advierte que no hace derivar las leyes de una, absoluta y general para todos, sino que la ley se deduce de las características propias de cada cosa; es intrínseca y ha de tenerse en cuenta el completo ramillete de factores que la condicionan o influyen.

Por ello el derecho de los países está determinado por su clima, extensión, riqueza, religión, formas de vida, etc., que determinan sus reglas de convivencia que, sancionadas por el pueblo, se convertirán en sus leyes.

Se opone a la esclavitud o muerte de los prisioneros de guerra; aboga por un tratamiento más humano para el delincuente, etc.

Pese a las críticas que le han sido hechas por los ortodoxos, el éxito de sus teorías políticas, admitidas en los estados democráticos lo hacen uno de los grandes de la ciencia política.

 

 

JUAN JACOBO ROUSSEAU (1712-1778)

Tuvo una gran influencia en los hechos posteriores a la revolución francesa, quizás más en lo teórico que en lo práctico.

Frente al egoísmo humano defendido por Hobbes, él sostiene la bondad natural del hombre.

Define la ciencia social como la búsqueda de una solución al problema de defender a todos los individuos, y sus bienes, sin que perezca la libertad de cada uno de ellos; esta solución cree encontrarla en el pacto o contrato social, ya que para él la voluntad es la naturaleza misma del hombre, donde une lo natural con lo convencional y es el origen y fundamento de todo contrato.

Ataca el pacto de sumisión de Hobbes, porque si en el contrato (sinónimo de trueque) uno de los contratantes lo da todo y el otro nada, no existe contrato puesto que en esa entrega iría hasta el derecho a pactar; además, resulta inadmisible enajenar los derechos individuales, especialmente el de la libertad, incluso para los descendientes, de forma irrevocable.

Defiende la cesión de derechos del individuo a la comunidad (a la que pertenece de forma activa) en la que radica toda la soberanía y el poder. Por ello, de su idea del contrato social se sigue forzosamente la inalienable soberanía de la nación; donde todos son súbditos y soberanos. Así, la cesión de derechos individuales no comporta una pérdida individual de libertad. Por todo ello no admite la representatividad popular.

Esta soberanía, concebida como voluntad general e indivisible, no impide que el gobierno pueda ser repartido en sus funciones para evitar la tiranía.

La voluntad general no es otra cosa que la ley, obtenida a través de la consulta a los ciudadanos en la que se aprueban las condiciones de la asociación civil. Llamando "decreto" a lo que ordena el soberano (nación)sobre un objeto particular.

La ley tiene como fin el mayor bien común; que en general se reduce a mantener la libertad y la igualdad, que no es puramente religiosa, sino la ciudadana y económica. Advierte, que de los opulentos salen los tiranos, como de los miserables los anarquistas, o los que venden su libertad.

Se opone a la reprensatividad porque la soberanía no puede ser enajenada ni representada; haciendo notar, que los ingleses, una vez que han votado a sus representantes, se convierten en esclavos de su parlamento.

Apoya la teoría de la separación de la Iglesia y el Estado, aunque éste puede, y debe, mantener una religión natural y cívica para todos los ciudadanos, a la que nadie es obligado a creer, pero el Estado puede expulsar de su seno al que no admita; no por descreído, sino por insociable. El que la admita y luego no la cumpla cometería el delito de haber mentido ante la ley, y puede ser condenado a muerte.

Las teorías de Rousseau fueron consideradas muy peligrosas por las clases que habían detentado el poder y la riqueza. En consecuencia, fueron combatidas con verdadera saña hasta nuestros días; sin embargo, la sociedad las adoptó, y se han traducido en forma de declaraciones constitucionales.

Los puntos débiles de las teorías de Rousseau, a nuestro juicio, se encuentran en la innegable enajenación de la libertad individual (pese a su razonamiento), la obligación de someterse a la religión del Estado o tener que abandonar la comunidad, la supuesta literalidad del contrato social, y la supuesta bondad que atribuye a los pueblos salvajes.

Respecto de la primera teoría, diremos que pese a ligarla a la soberanía popular, inalienable y no representativa, no puede dudarse de que enajena la libertad individual de una forma grave; en especial si la relacionamos con la segunda, la que impone una religión del Estado, origen de la idea de unidad religiosa estatal que ha propiciado la expulsión de moriscos, judíos, o seguidores de otras sectas.

De la literalidad del contrato social, el propio Rousseau nunca intentó que fuera considerado dicho contrato como un hecho histórico, ocurrido en un momento determinado.

De la supuesta bondad de los pueblos salvajes, hablaremos más tarde.

La ortodoxia ha rechazado las teorías de Rousseau en función de "ser falsas en su fundamento porque la libertad humana no es ilimitada; porque no existe la igualdad natural, ni los derechos naturales. Contradictoria, porque cede completamente los derechos individuales. Y desastrosa, porque la soberanía popular puede degenerar en anarquía o despotismo".

Críticas que han quedado obsoletas, en especial desde el Concilio Vaticano II. Por otra parte, la posibilidad de que las teorías de nuestro filósofo lleven al despotismo o la anarquía se contradicen con la realidad, ya que en los países en que han predominado los seguidores de la ortodoxia es donde se ha dado el despotismo y la tiranía, mientras que los que han acogido sus teorías en sus constituciones son los que se mantienen dentro de la democracia.

También es un lugar común achacar a estas teorías los excesos de la revolución francesa; pero sería lo mismo que achacar a Cristo lo excesos de la Inquisición, el Ku-klux-klan, los guerrilleros de Cristo, o cualquiera de los terrores blancos.

Volviendo a su teoría sobre la bondad natural del hombre, diremos que es de una extremada ingenuidad. La creencia en dicha bondad, expresada gráficamente con la utopía del buen salvaje, que tanto ha proliferado en la literatura, no está de acuerdo con la realidad, pues siendo cierto que entre algunos pueblos salvajes se dan rasgos o actitudes que nosotros tenemos por bondad, es bien cierto que en dichos pueblos predomina la ferocidad y la crueldad. Algunos dicen que los salvajes actúan sin malicia, pero dicha idea no se sostiene, puesto que los individuos de dichas comunidades también transgreden sus propias leyes con la misma malicia que los civilizados.

Respecto a la felicidad del salvaje e infelicidad del civilizado, tenemos que convenir que es un tópico no creído ni por los que lo formulan, ya que muy pocos hombres civilizados cambiarían las comodidades de su vida por la durísima de un pigmeo, jíbaro o bantú; sin embargo, cualquier individuo de estos y otros pueblos siempre están dispuestos a abandonar su vida por la civilizada, pese a sus problemas de adaptación, o conseguir al menos, alguna de sus ventajas. Es indudable que muriendo de hambre en Eritrea o el Sahel y padeciendo toda clase de enfermedades, que acortan su vida, no se puede considerar una existencia feliz.

En cuanto a la forma de tomar decisiones legislativas, la que propugna sólo se puede llevar a cabo en pequeñas comunidades y en temas de poca complicación, máxime si se tiene en cuenta que no admite la delegación del voto.

Su opinión de que la voluntad es el centro de la naturaleza humana, quizás hoy no se pueda considerar exacta al considerar que las fuerzas psíquicas son las que forman las tendencias irreprimibles hacia una u otra acción. Pero si se llama voluntad a esta tendencia ya formada, sí puede considerarse base y fundamento del contrato, tanto en su modalidad política como civil.

Resalta la distinción entre Estado y gobierno, que hasta entonces se había identificado plenamente en la persona del rey (l`Etat c`est moi), distinción que a muchos no parece aún clara, e identifican Estado con gobierno y con patria e incluso en algunos casos con partido político.

Se puede decir que acepta al Derecho Natural (cruzada hacia el naturalismo), pero este derecho no es el de la escuela ortodoxa, pues admite que toda justicia viene de Dios y que sólo Él es su fuente, pero, añade, que no sabemos recibirla directamente; pues si así fuera sobraría todo gobierno y toda legislación. Al quedar cegada la vía de comunicación es preciso suplirla con otra que es el contrato social.

Se nos ocurre que, si Dios ha hecho al hombre y a la ley, no puede quedar cegada la vía de comunicación entre ambos so pena de considerar que Dios no es lo suficiente inteligente para conseguirla. Si un técnico construye emisores y receptores, pero no consigue ponerlos en sintonía, sería por falta de conocimientos apropiados; lo que trasladado a Dios sería una imperfección incompatible con sus atributos.