viernes, 23 de septiembre de 2011

El Árbol de la Vida y El Gran Diseño o Malick y Hawking.


           Siempre me motivaron las preguntas transcendentes, tal vez porque mi educación fue de misa dominical y algún palo si no te sabias el catecismo de memoria. Sin duda el nacional-catolicismo te daba todas las respuestas, pero a mi no me cuadraban en absoluto. Y es que la religión para los críos de mi generación es parte consustancial de su educación, se trate de la religión que sea, e incluso en que parte del mundo se le ocurrió a tu madre parirte. También importa poco el pelaje del régimen político que te toco en suerte, si se votaba cada cuatro años o si el ateismo era otra materia; por desgracia los sistemas educativos se movían, y se mueven, a golpe de dogma, o religioso o gubernativo. Claro que cuando surge la incertidumbre, y pasas de comulgar, de confesarte y de creer a pies juntillas todas las chorradas que te cuentan; cuando en tu cerebro un rosario de historias y parábolas emergen como inverosímiles, nimias o idiotas, cuando, ya por fin, te quitas ese peso de encima; surge lo sustancial, lo paradigmático, lo transcendente otra vez. El problema no se soluciona, más bien al contrario, y se perpetúa y se alarga la duda.
            Mis pasos fueron demasiado lentos, sin directrices, dando tumbos, a veces por caminos anchos, otras por senderos empinados. Entre la beatitud permisiva de mi madre al agnosticismo político de mi padre. Del dios bíblico al Che y Jesucristo Superstar, a los hippy´s y la revolución soviética; me escapé, como pude, del rollo de la Confirmación; me llamó la atención la moda parasicológica, escuché sus diatribas nocturnas-radiofónicas, alertas ovnis y otras fruslerías; discutí con mi hermano y con quien fuera, de poco me sirvió; leí todo lo que pillaba, desde panfletos políticos a la Historia de los Heterodoxos españoles, descubrí el poder de las bibliotecas y de alguna manera todo eso me condujo, a los 17 o 18 años, a la ciencia.
            Creo que somos victimas de un sistema educativo que no se enteraba de nada, que pasaba de Darwin o Einstein, que les importó muy poco no enseñar a pensar y a tener sentido crítico, a estimar la belleza y disfrutar de la sensibilidad. Con peones mezquinos que luchaban por su sueldo, y no por sus alumnos ¿estaban podridos por dentro? o ¿estaban podridos por fuera? Hay excepciones, no demasiadas, pero hay: Carlos Goñi o Ángel Navarro, Labordeta, como no, Merino, Sáez, Toledo, Morón, maestros en el amplio sentido de la palabra, buenas personas sobre todo, a ellos les debo mucho, y siempre estarán en mi recuerdo.
            La película de Malick va sobre todo esto, el libro de Hawking va de lo mismo. De la preguntas y de las repuestas, más de lo primero que de lo segundo, por desgracia.
          ¿Por qué hay algo en vez de nada? ¿De dónde venimos? ¿Es nuestra existencia una fortuita carambola cósmica del azar o el diseño de una inteligencia superior? ¿Y es la muerte una aniquilación definitiva de la conciencia o la puerta a otra realidad? 'El árbol de la vida', la monumental película del enigmático Terrence Malick que se acaba de estrenar en España, es una 'colosal sinfonía de imágenes' que se enfrenta a estas inmensas, eternas preguntas del animal humano. Y lo hace con una ambición quizás sólo comparable, como ya se apuntaba el otro día en este periódico, al '2001' de Stanley Kubrick. El resultado final puede gustar más o menos, pero parece incontestable que ésta no es una película cualquiera, sino una de esas obras que marcan época, y sobre la que se seguirá hablando y discutiendo durante mucho tiempo.
           Este artículo no se enmarca en la sección de Cultura sino en la de Ciencia, y por lo tanto su objetivo no es hacer crítica de cine, sino poner sobre la mesa algunas reflexiones sobre el peso y la inspiración del conocimiento científico en la película de Malick, y su tensa relación con la fe religiosa.
          En primer lugar, la pretensión del filme es nada más y nada menos que vincular el microcosmos de una familia en un pequeño pueblo del Texas de los años 50 con el macrocosmos del origen y la evolución del Universo. La película salta continuamente de las alegrías y miserias de un padre, una madre y sus tres hijos al Big Bang, el nacimiento de las galaxias, las estrellas y los planetas, el surgimiento de la vida, la aparición de los dinosaurios y su extinción tras la caída de un meteorito… En este sentido, el filme es una oda cinematográfica a la belleza del cosmos, y expresa con una apabullante catarata de imágenes la inconmensurable cadena de acontecimientos fortuitos (¿o no?) que llevan al protagonista interpretado por Brad Pitt o a cualquier otro bípedo pensante de la especie 'Homo sapiens' a encontrarse de repente en su diminuto rincón del mundo, preguntándose "¿qué hago yo aquí?".
          Podría decirse, por tanto, que 'El árbol de la vida' bebe de todo lo que la investigación astronómica, geológica y biológica ha ido desvelando a lo largo de los siglos sobre el (minúsculo) lugar del ser humano en la inmensidad del Universo. Pero además, la ciencia no sólo ha inspirado a Malick desde un punto de vista filosófico, sino que muchas de las imágenes que utiliza para componer su impresionante himno a la creación son fotografías reales de galaxias, estrellas y planetas captadas por el mítico telescopio Hubble de la NASA, así como de sondas como la nave Cassini, también de la agencia espacial estadounidense.
           Al ver las secuencias de la película que plasman ese contraste entre la majestuosidad del cosmos y la ridícula irrelevancia de la criatura humana, me vino a la cabeza una de esas inolvidables sentencias de Stephen Hawking: "Sólo somos una especie avanzada de mono en un planeta menor, que orbita una estrella de tamaño medio, pero podemos comprender el Universo, y eso nos hace muy especiales".
          Sin embargo, Malick -a diferencia de Stephen Hawking y no digamos ya de científicos de radical militancia atea como Richard Dawkins- no se resigna a aceptar que sólo seamos primates evolucionados debido al azar puro y duro, en un Universo ciego e indiferente a la miseria humana, donde después de la muerte sólo nos espera la nada. Al contrario, su película apuesta claramente por la hipótesis de Dios como una explicación más convincente para la belleza cósmica, y en este sentido algunos podrían acusarle de haber forjado una parábola cinematográfica en defensa de la polémica teoría del 'diseño inteligente'.
           Pero en cualquier caso, independientemente de si al final uno se identifica con la metafísica de Malick o acaba irritado por su dimensión mística, me parece innegable que 'El árbol de la vida' ofrece un banquete de eso que los ingleses llaman 'food for thought' (alimento para la reflexión), sobre nuestro lugar en el Universo, y la cadena cósmica que ha llevado a una circunstancia tan extraordinaria como la posibilidad de que yo ahora mismo pueda escribir estas palabras, y usted pueda leerlas.

Un post de: Pablo Jáuregui - Ciencia y religión en 'El árbol de la vida'- en EL MUNDO 19-9-2011. 


     Con The Tree of Life se combinaron la radicalidad de un director con estatus de mito viviente y reverenciado por la cinefilia más exigente como Terrence Malick con el glamour de dos estrellas de Hollywood en su elenco: Brad Pitt (también coproductor del film) y Sean Penn. Si a esa mixtura se le suma una recepción que, apenas terminó la proyección, ya enfrentó a aquellos que la vitoreaban con otros que la abucheaban, el combo resultó perfecto….
             ¿Cómo explicar The Tree of Life sin caer en simplificaciones? Se trata, en principio, de un melodrama familiar ambientado en los años ’50 (e inspirado en los recuerdos de infancia del propio Malick) sobre un matrimonio (Pitt y Jessica Chastain) que sufre la muerte de uno de sus tres hijos. Pero eso es sólo uno de los aspectos -el más “clásico”- que aborda el creador de Días de gloria, Malas tierras, La delgada línea roja y El Nuevo Mundo.
Con The Tree of Life, Malick se propone una de las películas más pretenciosas de la historia del cine, una empresa artística que -en la comparación- deja a 2001, odisea del espacio, de Stanley Kubrick, como una película intimista. Con una búsqueda sensorial y una narración fragmentaria (se parece a un caleidoscopio y a un rompecabezas), el film ofrece desde un ballet cósmico sobre el polvo de estrellas, un documental sobre las maravillas naturales del planeta, un ensayo prehistórico (hay un par de dinosaurios que Steven Spielberg envidiaría) y una épica sobre el amor, la muerte, la culpa, el duelo y la redención.
     El trabajo visual y sonoro -en colaboración con el fotógrafo mexicano Emmanuel Lubezki, el diseñador Jack Fisk y el músico Alexandre Desplat- es de una belleza subyugante, apabullante (algunos críticos le cuestionaron un excesivo regodeo con ciertas imágenes), mientras que las distintas voces en off tienen no pocas ambiciones espirituales (hay algo de new-age en la propuesta), filosóficas y religiosas que oscilan entre lo genial y lo pueril. Así de desconcertante es la película. De todas maneras, más allá de sus altibajos, se trata de un trabajo de notables valores……..

Por Diego Batlle, desde Cannes.

(Crónica publicada en el diario La Nación del 17/5/2011)



           Cada uno de nosotros existe durante un tiempo muy breve, y en dicho intervalo tan sólo explora una parte diminuta del conjunto del universo. Pero los humanos somos una especie marcada por la curiosidad. Nos preguntamos, buscamos respuestas. Viviendo en este vasto mundo, que a veces es amable y a veces cruel, y contemplando la inmensidad del firmamento encima de nosotros, nos hemos hecho siempre una multitud de preguntas. ¿Cómo podemos comprender el mundo en que nos hallamos? ¿Cómo se comporta el universo? ¿Cuál es la naturaleza de la realidad? ¿De dónde viene todo lo que nos rodea? ¿Necesitó el universo un Creador? La mayoría de nosotros no pasa la mayor parte de su tiempo preocupándose por esas cuestiones, pero casi todos nos preocupamos por ellas en algún instante.................
                             ..............En la historia de la ciencia hemos ido descubriendo una serie de teorías o modelos cada vez mejores, desde Platón a la teoría clásica de Newton y a las modernas teorías cuánticas. Resulta natural preguntarse si esta serie llegará finalmente a un punto definitivo, una teoría última del universo que incluya todas las fuerzas y prediga cada una de las observaciones que podamos hacer o si, por el contrario, continuaremos descubriendo teorías cada vez mejores, pero nunca una teoría definitiva que ya no pueda ser mejorada. Por el momento, carecemos de respuesta a esta pregunta, pero conocemos una candidata a teoría última de todo, si realmente existe tal teoría, denominada teoría M. La teoría M es el único modelo que posee todas las propiedades que creemos debería poseer la teoría final, y es la teoría sobre la cual basaremos la mayor parte de las reflexiones ulteriores.........
            ........Su creación, sin embargo, no requiere la intervención de ningún Dios o Ser Sobrenatural, sino que dicha multitud de universos surge naturalmente de la ley física: son una predicción científica. Cada universo tiene muchas historias posibles y muchos estados posibles en instantes posteriores, es decir, en instantes como el actual, transcurrido mucho tiempo desde su creación. La mayoría de tales estados será muy diferente del universo que observamos y resultará inadecuada para la existencia de cualquier forma de vida. Sólo unos pocos de ellos permitirían la existencia de criaturas como nosotros. Así pues, nuestra presencia selecciona de este vasto conjunto sólo aquellos universos que son compatibles con nuestra existencia. Aunque somos pequeños e insignificantes a escala cósmica, ello nos hace en un cierto sentido señores de la creación.
            Para comprender el universo al nivel más profundo, necesitamos saber no tan sólo cómo se comporta el universo, sino también por qué.

¿Por qué hay algo en lugar de no haber nada?
¿Por qué existimos?
¿Por qué este conjunto particular de leyes y no otro?


EL GRAN DISEÑO -Stephen Hawking y Leonard Mlodinow, 2010. 


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