miércoles, 22 de enero de 2014

Manu Leguineche, mi hermano y yo.

Creo que leí EL CAMINO MÁS CORTO en el 77 o el 78; recuerdo donde lo compramos: en el viejo SIMAGO de la plaza Roma,  lo devoramos sin miramientos; mi hermano se lo leyó más veces que yo, de hecho todavía lo tiene y lo debe de releer de vez en cuando. Es uno de esos libros que te marcan la vida, que te balizan el pensamiento, que te abren horizontes fantásticos, que te enseñan lo pequeño que es el mundo y a la vez su grandeza. No puedo pensar en viajes, en aventura, en caminos infernales, en naturaleza inexplorada, en Asía, en África, en la Amazonia, en libros sobre tipos curiosos, en los perdedores, sin pensar en Manu Leguineche, y en aquellos equipos de reporteros de TVE de los setenta, Miguel de la Cuadra-Salcedo, Enrique Meneses, Jesús González Green, Diego Carcedo. Pero sin embargo Manu era más que todo eso, era un corresponsal de guerra con criterio, con ética profesional, con principios sólidos, son soltura para decir verdades sin ser en absoluto sectario; entonces también pienso en Arturo Pérez-Reverte, pero Manu todavía era más que eso porque conocía las idiosincrasias de los pueblos y las comprendía, porque interpretaba el espíritu viajero como un hecho intrínsecamente humano; y me vienen a la mente los libros de viaje de Javier Reverte. Tengo en mi biblioteca varios libros suyos, pero ninguno iguala al primero. Repaso con nostalgia EL PRECIO DEL PARAÍSO, donde mi hermano y yo le encontramos algún gazapo, pero que en líneas generales me entusiasmó.  También YO TE DIRÉ. LA VERDADERA HISTORIA DE LOS ÚLTIMOS DE FILIPINAS que me sedujo, y otros  más y artículos en la prensa que hicieron de él uno de mis gurus en la trama interior que todos nos hacemos para soportar la vida.
“El camino más corto para encontrarse uno a sí mismo da la vuelta al mundo. Me dispongo, pues, a dar la vuelta al mundo. Europa ya no me produce efecto. Harto familiar me es este mundo para obligar a mi alma a nuevas configuraciones. Además, es un mundo demasiado limitado. Toda Europa tiene en lo esencial un solo espíritu. Quiero anchura, dilataciones donde mi vida tenga que transformarse por completo para subsistir, donde la comprensión requiera una radical renovación de los recursos intelectuales, donde tenga que olvidar mucho -cuanto más, mejor- de lo que supe y fui. Quiero que el clima de los trópicos y otros muchos aspectos imprevisibles envuelvan mi ser y actúen sobre mi alma, para ver lo que será entonces de mí. Ya están cortadas las relaciones con lo que me sujeta. Siento en mí la beatitud de la libertad conquistada. De seguro que no hay nadie ahora más independiente que yo. No tengo profesión externa; no tengo familia que me preocupe; no tengo obligaciones que llenen mi tiempo; puedo hacer u omitir lo que me plazca.”

 
Un viaje por todo el mundo en un TOYOTA LAND CRUISER, Desde USA , por Asia y Australia para volver de nuevo a Estados Unidos. 

“Tenía 24 años y toda la vida por delante cuando mi amigo Willy Mettler fotógrafo suizo me habló por primera vez de una vuelta al mundo en coche para batir el récord mundial de distancia”.

Harold Stevens,, Al Podell y Woodrow Stans, todos norteamerícanos y Manu Leguineche como fotógrafo compondrían la expedición. 
Después de una noche de juerga, de porrones de vino de Valdepeñas y de pinchos de tortilla en una tasca del Madrid viejo…cantando Granada y Dolores, Lolita, Lola se decidió mi incorporación a la Trans World Record Expedition y mi futuro en los próximos años. “Chócala vasco, vendrás con nosotros en la vuelta al mundo”.
Dos largos años de viaje, más de 60.000 km. recorridos, 30 países de los 5 continentes, multitud de problemas, incidentes, contratiempos, las personas y personajes que se cruzaron en su camino, las costumbres, experiencias y vivencias nos son contadas con una extraordinaria maestría que hace sentirnos parte de ese viaje, de esa experiencia vital.

 “Vendería píldoras con los mercaderes chinos en Tailandia, un mono se comería mi pasaporte en Bangkok, anunciaría el comienzo del fin de la monarquía en Libia, cazaría el tigre en Bengala, la gacela en el Sahara, el canguro en Australia. Asistiría a las fiestas del agua en Luang Prabang invitado por el rey de Laos, quedaría aislado con mis compañeros en una epidemia de cólera en Afganistán, jugaría al fútbol con el príncipe Norodom Sihanuk en Camboya, caminaría por el Himalaya acompañado del primer hombre que subió al Everest, pasearía en elefante por la ciudad india de Jaipur en las fiestas del maharajá, tomaría el té con Indira Gandhi, asistiría a la cremación del último rey de Bali, comería sesos de mono con unas copas de cóctel de víbora en Hong Kong, me ofrecerían a la venta a una muchacha tailandesa en la frontera de Birmania, volaría en helicóptero sobre Vietnam en guerra, estaría a punto de ser fusilado en un pueblecito de la India acusado de ser espía de Pakistán. En la cárcel de Jullundur a la espera de salvarme de la muerte, me sirvió para reflexionar sobre el sentido de aquel viaje, un rito iniciático, en compañía de cuatro periodistas, a bordo de dos jeeps para mejorar el récord mundial de distancia en automóvil.”


El libro termina contando como en Agosto de 1978 al estar en Nueva York llama por teléfono a Al Podell, se había casado y era un alto ejecutivo de una compañía de publicidad. Con él repasa el destino de los compañeros de viaje: Willy había muerto en Camboya, Stevens (el jefe) se había perdido en Nueva Guinea y Woodrow desapareció en un monasterio de México.
“¿Qué te parece si repetimos el viaje en 1980? Le dijo Al a Manu. Éste le respondió: Es posible, aunque ya no será para nosotros el camino más corto”.

HASTA LUEGO MANU. 
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