viernes, 11 de septiembre de 2009

Una visión personal de Castilla y León.


Poza de la Sal, donde percibí el recuerdo de Félix en sus calles y sus montes.

Monasterio de Silos, donde oí los silencios del gregoriano gracias a Lorenzo y Nuria.

Covarrubias, donde la hiedra conquista los muros del castillo y te multan injustamente por aparcar.

Burgos, donde la complejidad arquitectónica no es superable.

Pantano del Arlanzón donde Lorenzo y Oscar me llevaron a sentir la belleza de las brumas.

Donde conocí y entendí Salamanca gracias al saber de Pedro.

Catedrales de Salamanca, donde Marina me contó que hay ciudades que todo lo conservan.

Casa Lis y el buen gusto, pese a los alcaldes y los nombres de las calles.

Donde encontré que las Barras de Aragón también viajaron hasta estos lares. Donde descubrí que los viejos pueblos comulgan de las mismas hostias. Donde el patrimonio se intuye inabarcable, donde sufro una desmedida sensación de nunca ver el fin del horizonte, donde una parte se volvió el todo, donde el valor de los comuneros subsiste, donde son tan parecidos y a la vez tan diferentes, donde la tristeza se traduce en recuerdo, donde los políticos inventaron fronteras pese a su propia historia, donde la cultura no se envuelve en celofán, donde sentir orgullo nunca es insolente. Donde no pareces forastero, donde es difícil tener mejores anfitriones. Donde es Castilla y donde es León o es León y Castilla, o no se donde empiezan o donde acaban.
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