domingo, 16 de marzo de 2008

Un hermano-hombre llamado Labordeta

“Toquemos membranófonos, aerófonos, dulzainas, chiflos y salterios y expulsemos de aquí a tanto nuevo cacique como la política nos ha parido” así termina el prologo que José Antonio Labordeta escribió en el libro de Ángel Vergara sobre la música tradicional “Instrumentos y tañedores”. Está fechado en Julio de 1994, meses después de la infausta moción de censura que protagonizó Pepe Marco. Corrieron vientos de vergüenza colectiva, fueron tiempos donde el amargo sabor a bilis nos abocó a la nausea. Vivimos estupefactos como un gobierno, malo o bueno, legitimo siempre, se descabalgaba por el afán de poder y los intereses espúreos. Con el aplauso, tal vez no sólo eso, de una gran empresa periodística y la complicidad de mucha gente autocalificada de izquierdas. Los Adolfo Burriel, Ramón Tejedor, Mª Pilar de la Vega, Ángela Abós, Isidoro Esteban, Triviño, etc..; también los Carlos Pérez Anadón, Gimeno, Piazuelo; guerristas, roldanes, rurales y damascos en fin, y por supuesto De Torres y el inefable Gomáriz. Años más tarde la ruega gira y gira. Años más tarde la objetividad continua sirviéndose fría. Años más tarde los poderes fácticos dictan sentencia. El Congreso de los Diputados ha tenido el honor de albergar durante ocho años a José Antonio Labordeta, como antes lo tuvo con Rafael Alberti o Camilo José Cela. En dos legislaturas cruciales, transcendentes para el asentamiento de la democracia, donde pasaron muchas cosas y donde algunos pretendieron tensar la cuerda hasta casi romperla. La representación del aragonesismo de izquierdas, de CHA, estuvo allí y no de mero figurante precisamente. Esta es la historia de un trabajo bien hecho, de cumplir bien con la palabra dada, de ser la voz de un pequeño país que quiere que le oigan. Luchar contra la vorágine, contra los mezquinos medios de comunicación de Madrid, contra los peores y más palurdos de Aragón, contra el olvido de la progresía, contra el insulto de la derecha, pero también, es verdad y no me duelen prendas en ello, con excepciones en el trato como la del propio Rodríguez Zapatero. “A la sombra de la sabina” intenta imaginar si Labordeta hubiera sido diputado por el PSOE o por IU o si hubiera sido catalán o vasco; o si no hubiera sido de un pequeño partido nacionalista que se le ocurrió tocar poder, con errores y aciertos, en Zaragoza. Intento imaginar la altura que alcanzaría la baba mediática; como sería posible soportar la insistencia en el loa, en el homenaje a la labor y en la tristeza por la marcha sin sucesión. “A la sombra de la sabina” tal vez imagina demasiado. La última vez que hablé con José Antonio Labordeta, con “El Abuelo”, fue en pleno fragor de la batalla contra el trasvase del Ebro, cuando ya cundía el desánimo, cuando Aznar se relamía en los beneficios de los amigos. Me interesaba su opinión, su pensamiento por lo que iba a pasar y le pregunté por ello; con socarronería y a la vez convencido hasta la médula de lo que decía, me respondió: ¡Siempre nos quedará la cultura, amigo!